VIAJE SENSORIAL

Tres fragancias, inspiradas en viajes sensoriales que se traducen en experiencias olfativas únicas.

JARDÍN ROSADO

Fue difícil de encontrar. Me perdí en esa ruta rocosa sin indicaciones y avancé empujada por la voluntad de explorar esos campos de flores extraordinarias que me habían descrito tantas veces. Sabía que estaban ahí, en algún lado; los perfumes de rosa y gardenia saturando el aire eran una señal inequívoca.

De pronto una nube rosa se formó a mi alrededor y sentí la caricia de un baño de pétalos de rosas y el calor del sol que se esconde. Me abordó el recuerdo de aquella loca historia de amor que me trajo a este país extraordinario y supe que aunque el tiempo no puede detenerse, el perfume de ese instante quedaría impreso en mi memoria para siempre.

Lo encontré. Los colores de la tarde se posaban sobre los campos, abracé con la vista ese espectáculo magnífico, ¡tantas rosas y peonías!, ¡tantos tonos de rosa! Impaciente me introduje para acariciar las flores a mi paso y me senté para dejarme arrullar por los efluvios sutiles durante el atardecer.

HUMO MÍSTICO

D espués de horas de caminata en el corazón de la selva lujuriosa, un pueblo se asoma al centro de la jungla: pequeño, robusto, instalado tranquilamente alrededor de su iglesia. Los puestos del mercado, repletos de bergamotas y naranjas sanguíneas, imponían sus vivos colores frente el telón del anochecer.

Las especias llenaban de bálsamo la atmósfera, hechizando las calles desiertas. Unos conjuros se escaparon de una casa colonial. Empujé su pesada puerta. Espinas de pino cubrían el piso, la luz provenía solamente de unas efímeras velas repartidas alrededor de la fuente. El aire estaba saturado por el incienso y la exhalación de la madera de sándalo.

Todos los presentes se movían a un mismo ritmo, mirando al cielo. Las palabras de un ritual, convertidas en líquido sagrado, calmaban a los dioses de los bosques, mientras ellos se fundían con la naturaleza.

HUMO MÍSTICO

D espués de horas de caminata en el corazón de la selva lujuriosa, un pueblo se asoma al centro de la jungla: pequeño, robusto, instalado tranquilamente alrededor de su iglesia. Los puestos del mercado, repletos de bergamotas y naranjas sanguíneas, imponían sus vivos colores frente el telón del anochecer.

Las especias llenaban de bálsamo la atmósfera, hechizando las calles desiertas. Unos conjuros se escaparon de una casa colonial. Empujé su pesada puerta. Espinas de pino cubrían el piso, la luz provenía solamente de unas efímeras velas repartidas alrededor de la fuente. El aire estaba saturado por el incienso y la exhalación de la madera de sándalo.

Todos los presentes se movían a un mismo ritmo, mirando al cielo. Las palabras de un ritual, convertidas en líquido sagrado, calmaban a los dioses de los bosques, mientras ellos se fundían con la naturaleza.

NARANJA BLANCA

Las calles sinuosas del pueblo me llevaron a una pequeña pirámide alejada del tumulto del mercado dominical. Unos pájaros se peleaban alegremente entre las ramas de los árboles y el cielo era de un azul profundo.

Admiré la precisión de las líneas arquitectónicas, el sol seguía su curso en el cielo y su calor reanimó a la naturaleza. Un campo de naranjos estaba frente a mí, ese perfume untuoso tenía una sutileza particular. Dejé mis cosas sobre una piedra, me acerqué al campo, el rocío de la mañana despertó mis sentidos.

Las lianas de vainilla, ardientes, entrelazadas alrededor de los troncos centenarios de aquellos naranjos obligaban a ambos a unirse, a mezclarse para crear un nuevo fruto de aroma aéreo, cautivador.